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Durante el siglo XVIII las seguidillas fueron, junto al fandango y el bolero, la canción popular por excelencia en España. Se escuchaban en obras de teatro musical popular:d383 comedias y sainetes, especialmente en la tonadilla. Su legado comprende gran diversidad temática, y en varios idiomas. Pero no sólo latía en los teatros, pues como dice D. Preciso: “[que]unos hombres sin principio alguno de música, y sin más cultura que la que adquieren en las poquísimas composiciones que oyen de esta especie en los Teatros, sean capaces de componer tanta variedad de seguidillas como nos dan cada año, llenas de todo el buen gusto y melodía que cabe”.* Es decir, la gente las cantaba e inventaba como si tal cosa.

Fueron el fruto del entusiasmo por lo popular que toda la sociedad del momento sentía. El pueblo, falto de modelos en las decadentes clases superiores, se miró a sí mismo en busca de referencias. En este breve vídeo podéis refrescar la memoria sobre los precedentes históricos.

Como escribió Ortega**: “se manifiesta una vez más el extraño poder que ha tenido nuestro pueblo ínfimo para fare da se, para vivir por sí mismo y desde sí mismo, para nutrirse de su propio jugo e inspiración”.  Y la moda se extiende “de las formas verbales a los trajes, danzas, cantares, gestos, diversiones de la plebe”.

“Desde 1670 la plebe española comienza a vivir vuelta hacia dentro de sí misma. En vez de buscar fuera sus formas, educa y estiliza poco a poco las suyas tradicionales. De esta labor espontánea, difusa y cotidiana va a salir el repertorio de posturas y gestos del pueblo español en los dos últimos siglos […] que consistiendo en actitudes y movimientos espontáneos como todo lo popular, esas actitudes y esos movimientos están ya estilizados. Ejecutarlos no es simple vivir, sino vivir en forma, existir con estilo. […] constituyó un vocabulario, un material precioso de que emergieron las artes populares”.

Y así, se hicieron las seguidillas.

Continuará…

Fuentes:

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